Emociones

Ayer fue un sábado atípico en la átona y monótona vida de este ministro carente de cartera. Tuve sesión doble de actos, ambos vespertinos, que tuvieron como hilo conductor, o leitmotiv, que diría un moderno, la emoción, o mejor dicho las emociones, en plural.

El primer evento fue una reunión internacional de sindicatos de inquilinos. Tuvo lugar en Can Batlló, y cuando me acerqué pude divisar a cientos de personas, no creo exagerar, en un ambiente festivo y de camaradería realmente nutritivo, por utilizar un término adecuado, para el intelecto y sobretodo para el espíritu.

El encuentro tuvo lugar en Can Batlló, que no es un escenario cualquiera, en una nave industrial recuperada para la ciudad y de gestión popular, dejémoslo ahí, que además colindaba con un parque masivamente usado por la población barcelonesa que si de algo está menesterosa es de pisos a precios razonables y de zonas verdes.

Pues bien, en ese pasillo a medias entre las naves industriales recuperadas y el parque se agolpaba una muchedumbre, apurando cervezas, vermuts y rayos de sol antes de entrar al acto de cierre de unas jornadas que creo han durado tres días y en la que los asistentes han puesto en común las distintas estrategias populares de resistencia a un problema común: el cada vez más difícil acceso a la vivienda.

Una vez todos dentro, sentados como mandan los cánones del asamblearismo en círculos concéntricos, distintas personas en representación de sus respectivas organizaciones tomaron la palabra para exponer la situación en su país, las estrategias que ellos seguían y como no, alguna consigna de apoyo a Palestina en contra de la masacre que está perpetrando Israel.

Fue realmente emocionante escuchar a personas de Chequia, Reino Unido, Los Ángeles, San Francisco, Roma, Lisboa, Madrid o Barcelona exponer situaciones que se parecían sospechosamente entre sí, y que no hacían más que probar que estamos asistiendo a un problema global que merece una respuesta de los de abajo como siempre se ha hecho: basada en organizaciones populares.

No faltaron cánticos, consignas y mucho aplauso. Y es que fue realmente emocionante. Asistiendo como espectador, aunque militante de base del Sindicat de Llogateres, no pude sino rememorar aquellos dosmiles en los que asistí en Madrid, al congreso de la AIT. Rectifico, acudiendo a la Wikipedia veo que el congreso tuvo lugar en 1996, ya ha llovido desde entonces…

Las personas, y más si participamos de organizaciones transformadoras, necesitamos refuerzos positivos, ya que la lucha es realmente dura. Sean estos victorias parciales, como parar un desahucio o conseguir nuevos contratos de alquiler a un precio pagable, o bien pasar buenos momentos con personas que están pasando por un proceso parecido al nuestro.

Además es curioso observar como corregido y aumentado, actualizado a nuestros tiempos, volvemos otra vez, creo que de forma acertada, a la organización popular como herramienta de lucha. Tenemos parlamentos, instituciones supranacionales y mil mandangas que no tuvieron nuestros ancestros pero que han demostrado sencillamente ser inútiles para transformar a mejor nuestras vidas. De hecho no son instituciones neutrales, obedecen a los intereses del capital y de quien nos oprime.

En una nave de Can Batlló, antigua colonia industrial, escuchando la canción de solidaridad que a voz en grito proferimos los asistentes, cerraba uno los ojos y podía perfectamente transportarse a principios del siglo pasado, con trabajadores con caras manchadas de hollín y gorra en mano, reunidos para luchar por las 8 horas o cualquier otra reivindicación obrera.

Y esta canción me permite enlazar y transportarme, ese mismo día, a la noche, a un escenario tan distinto como el moderno y horrendo Parc del Fòrum, en la otra punta de la ciudad, cargado de cemento pero con una agradable fragancia a mar.

Esa noche, anoche, fue la nada más y nada menos que cuadragésimo sexta edición de la Telecogresca, la fiesta que organizar la facultad de Telecos me imagino que originariamente para recaudar dinero para el viaje de fin de carrera o similar.

Y de nuevo el abuelo cebolleta tiene un recuerdo de la edición de hace… aguanten que vuelvo a ir a la Wikipedia para recordar el año. Perezoso que es este Ministro cree que año 1994, en el Sot del Migdia, pero eso no es lo importante en este caso.

Resulta que la emoción y el plato fuerte de la noche era asistir al último concierto de la banda Zoo en Catalunya, en su gira de despedida. Yo la verdad que me sentía un poco culpable yendo al concierto, porque conozco apenas un puñado de canciones, eso si, una de ellas, “Estiu”, es una de mis canciones preferidas de todos los tiempos. Son esas canciones de disfrute, de medio tempo, sin estridencias pero con muchas estrofas memorables y lapidarias.

Pues eso, que me dio la sensación de estar asistiendo a un momento histórico, en el que una banda con cierto éxito deja los trastos, después de 10 años de trayectoria, en lo más alto de su carrera y con una legión de fans que les adora. Y todo esto cantando en valencià y con un mensaje político bien interesante.

Aunque estaba bastante lejos del escenario, ya no tengo edad para bailar pogo y codearme con la muchachada, los primeros planos de los cantantes que mostraban las pantallas gigantes mostraban como éstos se emocionaban, o reían, cuando se iba acercando, canción a canción, el cierre del telón.

Como digo no he seguido ni su carrera ni estoy al tanto de cuales han sido los motivos para que esta banda eche el cierre, pero me imagino que es la presión de sacar algo mejor que lo anterior, y el deseo de vivir a su aire, y poder crear libremente.

Estoy seguro que seguirán en otros proyectos, son demasiado jóvenes y talentosos como para no hacerlo, y entre ustedes y yo, no me extrañaría que Zoo resurgiera de sus cenizas, pues como buenos valencianos, no faltaron entre el público bengalas y petardos. Sea lo que sea larga vida a Zoo, a la música en directo, a la creación, y a las bandas valientes.