Chica

Mi pareja de mus fue a casa de su prima y ésta, solícita, la recibió en su lujoso piso de Madrid con un sabroso café, por supuesto de Nespresso. Tras la amena charla llegó el momento de recoger el plato, la taza y la cucharilla, y mi pareja, de mus, fue a la cocina a meter los adminículos en el lavavajillas. La pareja, de la Guardia Civil, de su prima le espetó:

-Deja, que eso lo hace la chica.

Detengámonos un momento en la escena. Por un lado tenemos una taza, una cucharilla y un plato sucio, o quizá un trío compuesto de esos tres objetos, nueve en total. Por otro lado tenemos la enigmática “chica”. Olvidé añadir, pero creo que ese detalle es menor, el concepto de bandeja de mimbre que sirvió para llevar y traer de vuelta los objetos desde la cocina al salón. Quizá es relevante porque lo que la pareja, de la Guardia Civil, de la prima de mi pareja, de mus, proponía es dejar la bandeja de mimbre con los objetos sucios exactamente en el lugar donde se encontraban hasta el siguiente día laborable, creo que era al día siguiente, en el que “la chica” se incorporara.

¿Y de qué capacidades estaba imbuida “la chica” para que dijera el parejo que nada, que no se molestara su invitada, que dejara, que “la chica” se encargaba?

Pues de agachar el lomo, abrir la puerta del lavavajillas, sacar la bandeja o las bandejas, según su criterio, introducir en ella los objetos sucios, quien sabe si previo agüilla o en seco, empujar al fondo la bandeja, o las bandejas, y volver a cerrar la puerta del electrodoméstico.

Por supuesto la referida anécdota fue objeto de chanza por mi parte, hijo del proletariado, que no ha tenido servicio en casa ni conoce a nadie que lo haya tenido, al menos en su más tierna infancia.

Lo que sucede es que estas vacaciones, porque aunque parte de las mismas hayan sido trabajando el hecho de estar fuera de casa para mi ha sido como estar de vacaciones, me ha vuelto la anécdota al magín y me ha hecho formularme la siguiente pregunta: ¿de verdad que nosotros no teníamos una “chica” en casa?

Mi conclusión, para desazón y come come interno, ha sido que si, que en realidad si tuvimos una “chica” en casa, que por supuesto se encargaba de los cuidados y de la limpieza. Pero, ¿cómo es posible que una familiar de siete miembros, en el extrarradio, donde solo traía dinero a casa el padre, se podía permitir una “chica”? Porque no cobraba, era mi madre.

Eso me costó tragar sapos y culebras, porque en cierto modo miraba, y supongo que lo sigo haciendo, por encima del hombro, aunque sea hacia arriba, a riesgo de cascarme las cervicales, a las personas que se han criado con una “chica” en casa. La que les llevaba y/o recogía del colegio, la que les bañaba, la que limpiaba y hasta quizá hacía la comida.

Huelga decir que por supuesto se asume que siempre ha sido una mujer. ¿Qué otro sexo podía encargarse si no de los cuidados?

Y este pensamiento estival me ha obligado a la confesión por escrito que estoy haciendo, a sacarme esto de dentro, no voy a exagerar, no porque me haga daño y no me deje dormir, pero si para dejar constancia de las cosas que me pasan por la cabecita, que no es pequeña por cierto.

Leyendo Últimas tardes con Teresa empaticé con el autor, Juan Marsé, por venir los dos de un mundo de charnegos, de pobres, de las afueras, donde había descampados y muchas horas que llenar. De hecho no me he molestado en verificar si tal extracto social es el que le corresponde a Marsé, me he permitido hacer yo al autor de personaje de mi novela y así me lo imagino. ¿De qué otra forma podría haber sabido esos detalles de tirones, de deambular en moto sin casco y, y esto es de mi cosecha, de mocasines con borlas y calcetín blanco con dos raquetas de tenis bordadas?

Pues bien, va a resultar que ambas infancias, la de los no-probres y la nuestra, no han sido tan distintas. Es más, si me das a elegir, como comienza la coplilla, desde mi punto de vista sectario y anarcosindicalista, prefiero la suya.

A saber, la mujer casi siempre trabajaba, y como tenían un segundo sueldo, porque damos por hecho que el hombre solo trabajaba (lo de “solo” es con ironía) resulta que la pareja, que damos por hecho tiene prole, tenía un “segundo sueldo”. ¿Qué hacían con ese segundo sueldo? Pagar a una persona, que por supuesto cobraba mucho menos que la madre por trabajar fuera de casa, por encargarse de aquello que se daba por hecho era obligación de la mujer y no podía hacer por trabajar fuera de casa: el cuidado de la prole.

En el otro modelo la mujer no cobraba un puto duro, se encargaba de la prole y en casa entraba menos dinero. ¿Cual de los dos modelos prefieren?

Aunque no es seguro, cabe hasta la posibilidad de que en los no-pobres la persona contratada estuviera dada de alta en la Seguridad Social, con lo que hubiera podido generar derechos como jubilación y paro.

Esto entronca, y con esto acabo, con lo que estoy seguro que ya he machacado anteriormente, y que ha sido objeto de discusión en algunas ocasiones con mi suegra: el trabajo productivo versus el trabajo reproductivo.

En el primer modelo el trabajo reproductivo se transforma en productivo en dos sentidos. La madre, que por supuesto (ironía) tiene la obligación (nadie le pregunta si quiere o no) de hacerse cargo de los cuidados (por ende del trabajo reproductivo) decide que opta por el trabajo productivo, vamos, como su marido.

Aquí ya tenemos una muestra creo que inapelable de empoderamiento femenino. No creo que fuera fácil hace 40 años decir que no, que no me quedo en casa, que voy a trabajar igual que lo haces tu.

Sigamos. La mujer (siempre lo era) que se hace cargo de los churrumbeles cobra por ello, de una forma más o menos formal (con o sin Seguridad Social), luego debe ser considerado trabajo productivo.

Lo que es impepinable es que sea el modelo que sea persisten las siguientes consideraciones:

1. Lo que es imprescindible, de lo que no se puede prescindir, valga la perogrullada rajoniana, es del trabajo reproductivo, de los cuidados. Eso tiene que estar cubierto desde el segundo cero que una persona llega hasta este mundo.

2. Sin el divino don de la ubiquidad no es posible trabajar (producir) y cuidar (reproducir) al mismo tiempo.

En el modelo de los no-pobres diseccionado justo ahora la mujer delega en otra mujer los cuidados de los hijos de la primera. Lo que no hace, diga lo que diga mi suegra, es, simultáneamente, trabajar (producir) y cuidar (reproducir).

Esto va por aquellas mujeres, ahora pensionistas, que se niegan ni siquiera a reconocer el trabajo reproductivo, porque ellas “trabajaban y llevaban la casa” a la vez. Es irónico cómo una educación nacionalcatólica, o simplemente la opinión de una, puede llevar a ese tipo de afirmaciones, cuando desde mi punto de vista de hombre, blanco y heterosexual doy por hecho la sororidad, y que nadie mejor que una madre va a entender a otra madre.

Pues no, resulta que la que ha trabajado, y ha cotizado, merece cobrar su pensión, mientras que la que se ha quedado en casa y no ha trabajado (productivamente, añado yo) no merece pensión alguna porque no ha trabajado. Muy justo, vamos.

Resulta que en el modelo de las familias pobres la mujer se quedaba en casa y con la pata quebrada, cuidando a la prole, cuando no también al maridito, sin recibir nada a cambio. Bueno si, algunas veces, las peores, una paliza por vaya usted a saber qué cosa que estaba mal, o igual ni eso. Ni un simple “gracias” obtenía a cambio. Total, era su obligación, ¿no? ¿Por qué nadie le preguntó si ese era el reparto que ella hubiese querido?

Desde la óptica de la muchachada actual, que ven esta realidad ya muy lejana, como la de sus abuelas, igual pueden pensar: pues que hubiera trabajado.

¿Pero, alma de cántaro, qué trabajo iban a conseguir si en muchas ocasiones a duras penas sabían leer y escribir? Y no por falta de capacidades, sino por falta de asistencia de forma regular a la escuela, muchas veces por empezar a edades muy tempranas, durante su infancia, los trabajos forzosos (creo que ese es el término adecuado) de los cuidados de sus ancestros y hermanos.

En otras ocasiones ojo que había subida de apuesta. A veces trabajaban forzosamente, sin ver un duro, en casa y lo hacían también “en negro” (sin derechos sociales) a cambio de dinero. En este caso si que se alargaba la jornada, y compaginaban trabajo remunerado (productivo) con trabajo no remunerado (reproductivo) a costa de recortar horas de sueño.

La ironía de este último modelo de sobreexplotación del trabajo femenino es que el desenlace, en la vejez, es el mismo: una misérrima pensión no contributiva. Es casi un insulto el nombre, como si esa persona que ha sacado una familia (porque el marido, muchas veces inútil para lo que un fuera ir a la fábrica y traer el sobre, era una carga a mantener igual) adelante y además en los ratos libres ha ido a otras casas a quitar más mierda o a dejarse la vista cosiendo, no hubiese contribuido.

En fin, que me voy del tema. Ahora mismo en mi entorno predomina el modelo de los no-pobres, con la novedad de que las mujeres que vienen a nuestras casas son extranjeras, es decir, todavía más vulnerables si cabe que las que vinieron a las casas de mi suegra y de su entorno.

Por lo menos reconozcamos su trabajo, si es posible con dinero y con derechos, y si no tienen problemas de espalda, por favor, la próxima vez pongan las cosas sucias en el lavavajillas, y si ya está lleno, pues ponen la pastilla y le dan al programa eco.